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viernes, 21 junio, 2024

Sequía: Beber y Regar, desde la Sociedad civil por Eugenio Nadal Reimat

Sequía: Beber y Regar, desde la Sociedad civil por Eugenio Nadal Reimat

La sociedad aragonesa sabe bien, y desde tiempo inmemorial, que cuando termina un episodio de sequía falta un día menos para la siguiente. Sin embargo, cuando la falta de lluvias se convierte en noticia el tratamiento que se le da, en general, da la impresión de ser un hecho extraordinario cuando, en realidad, las sequias son recurrentes en  nuestra realidad climática.

La parte del territorio altoaragonés  por debajo de la cota 400 metros sobre el nivel del mar, en su estado natural, lo conformaban estepas semidesérticas, sin apenas vegetación, suelos degradados e inhóspitas condiciones para la vida humana, salvo a lo largo de las riberas de los ríos. Este crudo y seco  hábitat dominaba  nuestro entorno más próximo, aproximadamente la mitad sur de la provincia de Huesca, es decir, unas 750.000 hectáreas. Las comarcas del Cinca Medio, Litera, Bajo Cinca, Monegros y buena parte del Somontano y la Hoya de Huesca eran así de terribles, y la supervivencia en ellas – en tiempos de nuestros antepasados – tan dura como las hambrunas periódicas que diezmaban su población.

Hoy las condiciones han cambiado. Venturosamente la realidad actual es bien diferente a la de nuestros bisabuelos. Y si las sequías siguen existiendo aún con mayor severidad. ¿Que ha pasado? ¿Por qué podemos vivir, comer, producir y aún exportar si las condiciones naturales son las mismas o peores? La respuesta es muy sencilla: es gracias a que disponemos de embalses en los ríos y canales para conducir las aguas en ellos retenidas. Somos lo que somos gracias, entre otras, a las presas de Mediano, El Grado y  la de Barasona dedicada, con justicia, a D. Joaquín Costa.

Pero a raíz de esta última sequía se ha puesto en cuestión la bondad de esta enorme transformación del territorio. El agua transportada por los canales la utilizamos para beber, para regar y para producir en las industrias, incluida la energía hidroeléctrica generada al sacarla de los embalses. Pues bien, los grupos ecologistas y los componentes de la denominada nueva cultura del agua, apoyados por altos responsables del Gobierno de España en materia de aguas, han aprovechado para, una vez más a lo largo de los últimos treinta años, arremeter contra la utilización del agua para regar y culpando a este uso de las consecuencias de la sequía.

Esta manipulación de la realidad es muy peligrosa dado que puede conducir a un enfrentamiento entre la mayoritaria sociedad urbana y la minoría rural.

¿Tiene el regadío la culpa de la falta de agua en pueblos y ciudades? Es cierto que la agricultura es la actividad que más agua consume. Y eso es así en la mayor parte de los países, incluida España, Aragón y nuestras comarcas. Y también es cierta la conveniencia de no seguir aumentando la superficie regada dadas las incógnitas derivadas del cambio climático. Ahora bien, ciñéndonos a lo más próximo, podemos afirmar que los municipios cuyo suministro de agua está conectado a un embalse y a su correspondiente canal ni tienen sequía ni la tendrán. Pueden tener episodios de averías o riesgos diversos pero no de falta de agua.

Con el agua que almacenan las tres presas antes citadas, 918 hectómetros cúbicos, se podría abastecer con comodidad  una población de siete millones de personas incluidas industrias, zonas verdes etc. El Canal de Isabel II de Madrid lo hace con una capacidad total de sus embalses de 943 hectómetros cúbicos. Aquí nos abastecemos menos de cien mil personas con la misma agua. En los desembalses de Mediano, Grado y Barasona el abastecimiento de las poblaciones tiene, por Ley, prioridad sobre el resto de los usos: riegos, ganadería, industria, piscifactorías….; podrá faltar agua para regar, pero no para beber, insisto, tenemos agua para siete millones y no llegamos a cien mil.

Son los municipios cuyo abastecimiento depende de pozos y/o manantiales los que se ven directamente afectados en su suministro por las sequías y, habitualmente, no se riega desde esos mismos pozos; carece por tanto de racionalidad hidráulica culpar al regadío de la falta de agua para beber, son muy escasas las situaciones en que dicha competencia se produce y por tanto muy peligroso el trazo grueso de quienes así opinan.

Y resulta también sorprendente el argumento según el cual los alimentos producidos en nuestras comarcas, merced al uso del agua, deberían de abandonarse en la buena parte dedicada a la exportación. Semejante estupidez solo puede responderse con otra: dejemos de producir todo lo que exportamos -automóviles por ejemplo- y ya veremos como pagamos lo que necesitamos importar.

Si las aguas del Cinca y del Ésera no las usáramos también para regar poca falta harían para beber aquí vivirían cuatro gatos. Con una utilización ordenada y prudente de los recursos hídricos podemos y debemos seguir regando las tierras dominadas por los canales, seguir manteniendo una industria agroalimentaria reconocida internacionalmente como participe de la seguridad alimentaria de muchos países y seguir bebiendo un agua de calidad. Eso si, las sequías seguirán con nosotros y con quienes nos sucedan.

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