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sábado, 27 noviembre, 2021

“Para los cubanos bailar y cantar es sagrado y parte de su fe”

José Luis Pueyo Jiménez, el hijo de “la Josefina”, como todavía a día de hoy le conocen muchos en Monzón, afronta su segunda etapa en Cuba, donde acumula catorce años como misionero. Actualmente es el párroco de Caibarién, una ciudad pesquera de alrededor de 40.000 habitantes donde reconoce sentir la gratitud de la gente por la labor que realiza. Estar dispuesto a escuchar a todo el mundo es una de sus principales virtudes. Tras dos años sin poder regresar a España debido a la pandemia, ha vuelto a pisar tierras mediocinqueñas para compartir unas semanas con los suyos antes de retornar de nuevo al continente americano.

La religión fue reducida a su mínima expresión durante varias décadas del pasado siglo en tierras cubanas, un estado que se autoproclamó oficialmente ateo. El miedo atenazó a sus habitantes, que en muchos casos debían practicar la fe a escondidas. La situación actualmente ha cambiado y José Luis Pueyo se siente respetado, valorado y querido por sus vecinos. “He tenido siempre una magnífica acogida, tanto por los católicos –que son una minoría-, como por miembros de otras iglesias cristianas. Somos una comunidad muy viva a pesar de las circunstancias. Por ejemplo, en algunos lugares no tenemos templos donde reunirnos, y miembros de la comunidad nos ceden su hogar para el servicio religioso”, señala como curiosidad. Reconoce que, a pesar de la precariedad económica, los continuos cortes de luz, la escasez de productos o la desconfianza que se vive en la isla, el trabajo es gratificante y resalta la sed de Dios y de formarse en la fe por parte de sus feligreses. “Durante este tiempo me he enriquecido como cristiano y como sacerdote. Me han dados más ellos a mí, que yo a ellos”.

INQUIETUD MISIONERA
José Luis creció en Monzón y vivió en una casa enfrente de la catedral de Santa María junto a sus padres y hermano. A los 15 años entró en el seminario en Lérida, donde comenzó a formarse como sacerdote. Después de desplazó a Zaragoza para iniciar sus estudios de Filosofía y Teología. Tras dos cursos en la capital maña regresó de nuevo a tierras leridanas para completar allí su formación. La primera parroquia donde le destinaron fue en Pueyo de Santa Cruz; labor que complementaba ofreciendo su ayuda en el barrio del Palomar. En aquella época también dio clases en el instituto de Monzón. “Compaginaba mis labores religiosas con mi formación en la facultad de Teología de Cataluña de lunes a miércoles”.

Su siguiente destino fue en Capella y alrededores, donde era el encargado de dirigir nada más y nada menos que 14 parroquias. Allí sustituyó a Salvador Capdevila, un cura que llevaba 50 años seguidos dirigiendo los asuntos religiosos del lugar. “Estuve casi diez años, lo recuerdo como una época feliz, rodeado de gente cariñosa y muy buena. En los noventa ya comencé a sentir la vocación de hacerme misionero y continuar en otros lugares mi trayectoria”, rememora.

A finales de los noventa comenzó su primer periplo en Cuba, en Sancti Spiritus inició una nueva etapa que le ha enriquecido tremendamente. “Llegué a un país con las cifras más bajas en cuanto a número de curas por habitante y por católico. Se habían pasado décadas bajo influencia soviética, donde la religión del estado era el ateísmo… las iglesias estaban deterioradas y se reían de los niños que iban a misa”. La ciudad tenía 120.000 habitantes y solo contaba con dos parroquias, allí se ocupaba de una de ellas y también debía ir a otras pequeñas poblaciones y a poblados en el campo.

“Me encontré una Cuba fascinante que fui descubriendo poco a poco. Tenía muchísimo trabajo, pero por suerte contaba con la ayuda de varios diáconos que me echaban una mano en mi día a día. Ellos estaban casados y tenían sus trabajos, pero daban catequesis, la comunión, bautizaban, etc; menos la absolución y oficiar la eucaristía hacían de todo. Su labor era imprescindible y muy valorada”. Durante la década de los noventa se vivió en la isla un desbordamiento pastoral, ya que muchos eran los adultos que pedían el bautismo tanto para ellos, como para sus hijos. “Algunos no se habían bautizado por miedo y otros lo habían hecho a escondidas y no constaba en ningún papel, por lo que había que legalizarlo. Sumado a esta circunstancia había que combatir la pobreza sin apenas recursos. Aunque la tarea más importante era escuchar, escuchar y escuchar a las personas”.

REGRESO OBLIGADO
A pesar de encontrarse a miles de kilómetros de su Monzón natal, el párroco regresaba a casa prácticamente todos los años, a poder ser para San Mateo. Permanecía unas semanas junto a su familia y amigos, recargar pilas y regresar a Cuba para proseguir sus labores de misionero. En 2008 debido al estado de salud de su madre pidió volver para hacerse cargo de ella. “Regresé a España y me nombraron párroco de Roda de Isábena. Su ubicación me permitía residir en Monzón y también tener tiempo para estudiar, además de estar cerca de mis padres. Una semana al mes iba a Salamanca, donde cursaba Derecho Canónico -dedicaba tres horas al día a estudiar- y cuando no iba a clase de manera presencial seguía el curso a través de la Intranet de la Universidad”. Pasa el tiempo y el estado de salud de su madre empeora –entre tanto le habían nombrado párroco de Monzón, cargo que ostentó de 2011 a 2015-. Debido a esta situación decide solicitar un lugar más tranquilo donde ejercer para así poder dedicarle a ella todo el tiempo posible –se encarga de Belver y otras poblaciones de la ribera-. A los pocos meses de fallecer su madre, y tras superar algunos trámites burocráticos regresó a Cuba. Su hermano tras jubilarse se hizo cargo de su padre, lo que le dejó vía libre para retomar su vocación de misionero.

JOSEFINA JIMÉNEZ
Llegados a este punto de la historia es obligado hacer un inciso para hablar de la madre de José Luis Pueyo, Doña Josefina Jiménez, una mujer muy conocida en Monzón. Se quedó huérfana de padre muy joven y con apenas diez años ya empezó a trabajar junto a su madre en una pequeña tienda, donde vendían frutas y verduras, situada en la calle Mayor de Monzón. “De pequeña no pudo estudiar y cuando se jubiló tuvo una gran sed de conocimiento, acudía a la escuela de adultos, obtuvo el graduado e incluso se apuntó a clases de Teología en Lérida”, rememora. Durante su vida Josefina fue acumulando en su casa diferentes piezas y objetos de la vida cotidiana de los labradores, desde trillos de pedreña, balanzas, almudes, jadicos, vestidos de la época, sogas… hasta un pesebre. “Nuestra casa estaba llena de esas reliquias; con el paso del tiempo y tras contactar con el Ayuntamiento le cedieron las caballerizas del Castillo para exponerlo, después buscaron una casa donde darle cabida y crear un museo etnográfico… Se cedió el material y el compromiso era que se irían restaurando progresivamente. Por desgracia, desde hace años está cerrado al público y no se puede visitar”, lamenta.

DE VUELTA A SU SEGUNDO HOGAR
Su segunda etapa en Cuba se está desarrollando en una zona muy próxima geográficamente al lugar donde anteriormente estuvo destinado. Actualmente es el párroco de Caibarién y su intención es permanecer allí, mientras el obispo no le encomiende otra tarea. “Esto es como en el fútbol, yo pertenezco a la Diócesis de Barbastro-Monzón y estoy cedido a esta parroquia cubana”, explica con tono divertido. Durante estos 14 años se ha impregnado de la cultura cubana, adaptarse a su forma de vida, su precariedad y sus tradiciones le han permitido evolucionar a marchas forzadas. “Para los cubanos bailar y cantar es sagrado y parte de su fe. La iglesia se llena los domingos cuando realizamos la eucaristía en la parroquia central. La relación con las personas me ha hecho sentir la paternidad espiritual”, concluye satisfecho.

 

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