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viernes, 21 enero, 2022

“Detrás de cada refugiado hay historias, algunas muy duras”

Olga Sarrado, periodista montisonense, acaba de regresar de Etiopia, donde ha pasado los últimos tres meses en un operativo especial en el país africano. Desde 2015 forma parte del equipo de comunicación de ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados; durante los últimos años ha vivido en primera persona diversos conflictos por medio mundo. Actualmente está destinada en Panamá, desde donde coordinan las tareas que se llevan a cabo en el continente americano. A pesar de su juventud, a sus espaldas cuenta con la experiencia que le ha proporcionado salir de su zona de confort. Ha compartido vivencias con centenares de personas que han tenido que comenzar una nueva vida lejos de su hogar, al que en algunos casos jamás podrán regresar.

Desde pequeña Olga tuvo como pasiones leer y escribir, a medida que fue creciendo se acrecentó su idea de dedicarse al periodismo. Desde el colegio Santa Ana, pasando por Salesianos, ambos en Monzón, o la Complutense de Madrid donde comenzó a cursar la licenciatura hasta su actual puesto en ACNUR en tierras panameñas, hay un sinfín de historias, vivencias e idas y venidas que han forjado la vida de una mujer con mucho que contar. “De jovencita era bastante vergonzosa, pero cuando cogía el micro era capaz de protegerme detrás de él y hacer esas preguntas que me permitían llegar a contar historias que le ocurrían a la gente”, explica esta montisonense. Su salida hasta tierras madrileñas para comenzar su periplo universitario le permitió conocer un mundo nuevo, abrir su círculo… Recuerda con cariño un viaje a Marruecos que realizó el primer año de carrera y otro que organizó con unos compañeros al Sahara Occidental, en la que fue su primera toma de contacto con un campo de refugiados –año 2008-. “Entendí lo que estaban viviendo, que el mundo era muy distinto de lo que yo había conocido hasta ese momento. Me marcó el camino que después decidí seguir”, sostiene.

Su siguiente destino fue París, donde estuvo de Erasmus para cursar el cuarto año de la licenciatura, allí pudo disfrutar de una gran multiculturalidad. “La mitad de los estudiantes eran de nacionalidades diferentes a la francesa. Me enriquecí mucho con los compañeros, además el nivel era muy alto, todo el mundo hablaba varios idiomas y en clase se generaba mucho debate”. La experiencia fue tan positiva que decidió explorar diferentes opciones para no regresar a Madrid. Finalmente consiguió una plaza en Australia, cerca de Sídney a través de un intercambio. Allí la educación era mucho más práctica y le permitió adquirir unos conocimientos mucho más amplios que en la universidad española. “Fue un año muy duro porque al estar tan lejos de casa no pude viajar, nunca he estado tanto tiempo sin volver a Monzón. Por otro lado, fue increíble, conocí Australia y Nueva Zelanda, hice muchos amigos e incluso pude aprovechar para dar continuidad a mis estudios de árabe con una comunidad libanesa que encontré en la Universidad”.

Dos anécdotas marcaron aquellos meses; una fue que estuvo trabajando un tiempo repartiendo folletos publicitarios para ganar dinero con el que poder viajar –le pagaban 20 dólares la hora-. “Tenía que llevar un cartón publicitario y repartir los papeles. Nunca me hubiera imaginado que haría algo así, pero el dinero me vino muy bien”, rememora sonriente. Mientras que otro de los recuerdos más especiales fue su visita a Sudáfrica, donde pudo vivir en carne y huesos un partido de España en la Copa del Mundo que acabaría ganando “la roja”. “Un amigo me insistió que de regreso a España pasara por allí y que viviera el ambiente de un Mundial. Allí dio la casualidad que coincidí con unos periodistas españoles, que un tiempo después acabaron siendo mis compañeros en ABC-Punto Radio, una circunstancia que no descubrimos hasta pasado un tiempo, tras reencontrarnos en Madrid”, relata divertida.

REGRESO A ESPAÑA

Una vez licenciada en periodismo y tras dos cursos consecutivos en el extranjero, regresó a Monzón a pasar el verano, reordenar sus ideas y trazar el camino a seguir. La mayoría de sus compañeros habían conseguido prácticas en diversos medios de comunicación de Madrid, pero ella carecía de contactos y se encontró en una situación complicada para iniciarse en el mundo laboral. “A través de una amiga me puse en contacto con la corresponsal de la BBC Sarah Rainsford, que buscaba a alguien que la ayudara en su trabajo. Trabajamos juntas durante tres meses, le ayudaba en sus investigaciones. Pude conocer lo que era este tipo de trabajo, en el que tienes que estar alerta y disponible 24 horas los 7 días de la semana. Investigamos algunos temas tan interesantes como los niños robados en la Guerra Civil, las fosas comunes… además de las noticias diarias”, rememora.

Después sus pasos se encaminaron hacia la radio, un medio del que se enamoró tal como empezó a trabajar en él. Estuvo en ABC-Punto Radio durante un año gracias a una beca que consiguió de la Asociación de la Prensa de Madrid. La complicada situación económica de la emisora, que poco tiempo después terminó desapareciendo, impidió que Olga continuará allí su carrera profesional. Por lo que otra vez le tocaba buscarse una nueva alternativa –en su última época en esta radio cubrió las elecciones francesas desde París, otra de las experiencias que no olvidará, ya que reconoce que estuvo 26 horas sin dormir de un lado para otro, para así cubrir todas las informaciones desde la capital francesa-.

VOLUNTARIA

Una de las premisas que esta montisonense tenía clara, era que hasta que cumpliera 30 años exploraría diferentes vías laborales buscando la que más le agradara; las relaciones internacionales y la ayuda humanitaria se cruzaron en su camino y tuvo claro que aquello era a lo que se quería dedicar. “Entré como voluntaria en la fundación Vicente Ferrer y me fui seis meses a la India. Mi función era contar las historias que allí se viven. Trabajábamos con los “intocables”, los miembros más pobres y discriminados de la sociedad india. También participé en una campaña en la que estuvieron involucradas personajes como Ana Pastor, Teresa Perales o Luz Casal… Aquí en la India disfruté profundizando en los temas, yendo a un pueblo y escuchando a la gente, empapándome del contexto… nada que ver con la inmediatez de unos informativos, donde un minuto era un mundo”.

El voluntariado se terminó y regresó a España con las ideas más claras, pero sin poder definir su futuro. Mientras tanto jugó varias cartas, y logró un puesto en Radio Francia Internacional para el Verano –regresaba a París para así estar cerca de su novio- y después consiguió una beca en Bruselas dentro de la Comisión Europea. En Bélgica encontró un buen trabajo, logró una estabilidad, pero como ella misma reconoce, le faltaba la gente, el trato humano… algo que logró alejándose de la política europea y comenzando en 2015 una nueva etapa en Naciones Unidas.

JORDANIA, COLOMBIA, ETIOPÍA…

ACNUR es la agencia de la ONU para los refugiados, se creó en 1950 para solucionar la problemática de los desplazados tras la Segunda Guerra Mundial. Esperaban que en tres años estuviera solucionado, pero por desgracia siete décadas después sigue activa y con mucho trabajo por delante. Olga envió su currículum a esta institución cuando era universitaria, por lo que estaba incluida en una base de datos de personas interesadas en realizar un voluntariado profesional con ellos. Tras dos primeros intentos en los que no fue seleccionada, a la tercera fue la vencida y le ofrecieron acudir a Azraq, un campo de refugiados sirios en Jordania. “No me lo pensé y acepté la propuesta, dejé mi vida acomodada en Bruselas para irme a una población de alrededor de 9.000 habitantes cerca del campo de refugiados. El primer mes viví con la madre del conductor que me llevaba por la zona… después ya busqué mi propio apartamento”. Dicha circunstancia le sirvió durante esas primeras semanas para conocer la cultura y las tradiciones de los que eran sus nuevos vecinos.

Tras sus primeros pasos en Naciones Unidas como voluntaria, fue contratada por la organización para encargarse de la comunicación. Una de las premisas de ACNUR es que su personal no está nunca más de cuatro o cinco años en el mismo lugar y cuando son zonas peligrosas, los plazos se reducen a la mitad. “Detrás de cada refugiado hay historias, algunas muy duras: asesinatos, brutalidad…”, explica. Unas vivencias que ha rememorado junto a sus protagonistas y que ha plasmado para acercar esa realidad a todos los rincones del mundo a través de publicaciones en redes sociales, Web, revistas… o ayudando a otros periodistas sobre el terreno.

La crisis de Venezuela, donde cada día 5.000 personas salían del país rumbo a otros territorios colindantes, como Colombia, Brasil… le llevaron a Bogotá para cubrir esta situación de emergencia. “En dos semanas tuve que cerrar mi vida en Jordania tras tres años y medio, encaminarme a un nuevo continente donde una situación totalmente nueva se abría para mí en el horizonte”. En Centroamérica encontró un territorio muy solidario, que no cerró sus fronteras ante la oleada de refugiados; pero por otra parte se topó con la realidad de una problemática que no aparecía en los medios de comunicación, una crisis invisible y unos presupuestos muy reducidos para cubrir unas necesidades enormes. “Aquí no eran las bombas las que hacían que las personas tuvieran que huir de sus casas, era la situación política y económica la que lo provocaba… la falta de servicios, ausencia de médicos en los hospitales, etc.”, analiza.

POLITIZACIÓN E INSTRUMENTALIZACIÓN

Las labores principales del equipo de ACNUR en cada región son similares, atender a personas que han cruzado una frontera sin nada, que no tienen donde dormir, ducharse, o que comer… Una vez superada esa fase inicial, estos quieren reconstruir sus vidas, regularizar su situación, encontrar un trabajo, que sus hijos puedan formarse… “Uno de los mitos es que todos los refugiados son pobres y eso no es cierto. Las guerras empiezan de la noche a la mañana y te tienes que ir con lo puesto y dejar toda una vida atrás”. El principal denominador de todos los refugiados es su intención de regresar a su casa, objetivo que algunos no lograrán nunca, por lo que tienen que buscar oportunidades en su nuevo emplazamiento. “La politización y la instrumentalización de la ayuda humanitaria es nuestro principal enemigo. Tenemos unos principios de imparcialidad, humanidad e independencia… sin juzgar lo que está sucediendo. Mi objetivo es transmitir que un refugiado es una persona que tiene sueños, esperanzas, que de un día para otro se ha quedado sin nada. Una de las preguntas que les suele hacer es qué se llevaron antes de salir huyendo de sus casas; una buena forma de abrir una conversación con ellos”.

Olga actualmente tiene su centro de operaciones en Panamá, donde se encuentran la oficina regional del continente americano. Aunque recientemente estuvo durante unos cuantos meses en Etiopia para cubrir una situación de emergencia. “Es la primera que estaba en un conflicto activo. Cuando llegué la situación estaba relativamente tranquila, pero durante las últimas semanas la violencia fue aumentando e incluso tuve que adelantar unos días mi regreso. Ante situaciones así, el equipo de ACNUR se reduce para evitar riesgos innecesarios”. En el país africano se encontró con personas que vivían en situaciones límite, se cortó la red telefónica, la luz, Internet, no había dinero en efectivo y las familias podían pasar meses sin saber nada de sus seres queridos. “La gente por lo general está dispuesta a contar sus historias, pero en ocasiones tienes que valorar lo que publicas para evitar ponerles en riesgo. Por ejemplo, en países como Honduras, Guatemala o El Salvador donde hay pandillas, publicamos las fotografías de los entrevistados con el rostro difuminado para evitar riegos y persecuciones individuales”.

CONEXIÓN CON MONZÓN Y FUTURO

La estabilidad en la vida de nuestra protagonista es relativa, como ella misma reconoce tiene un contrato fijo con una importante organización y buen puesto de trabajo, pero por otro lado vive con la incertidumbre de cambiar de residencia cada cierto tiempo. “En 2022 cumpliré cuatro años en Panamá y me tocará cambiar de destino, ya veremos donde me envían. Me gustaría trabajar en Asia o en el norte de África para estar más cerca de casa, esa lejanía es una de las cosas que peor llevo. Intento volver a Monzón cada tres o cuatro meses; no tengo grandes gastos y no me importa dedicar parte del sueldo en billetes de avión para ir a visitar a mi familia y amigos”.

Respecto a su vida personal, intenta disfrutar al máximo de una multiculturalidad que le permite conocer a gente de todo el mundo –en Etiopía en un grupo de treinta personas había 20 nacionalidades diferentes-. “Conoces culturas nuevas y haces amigos para toda la vida, que en algunos casos por desgracia pasas años sin volver a ver. Respecto a mi pareja, en los últimos años me está acompañando, aunque cuando viajo a determinadas zonas en conflicto no puede venir y aprovecha para regresar a Francia”, concluye esta montisonense, que nos atendió aprovechando su última visita a tierras mediocinqueñas, donde hizo escala de regreso a Panamá. Allí sigue disfrutando día a día de un camino del que no se arrepiente ni un ápice de haber tomado.

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